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jueves, 13 de enero de 2011

Encuentros de luna llena

Por: El Escritor de la Tragedia
A simple vista, la noche aparentaba ser una de las más tranquilas de los últimos tiempos. La primavera creaba un manto ilusorio de templanza que animaba a abandonar el encierro, y liberaba el alma para entregarse a la pureza del aire exterior.
Apagó las luces del estudio. Se disponía a salir, cuando un brillo intenso ingresando  sublime por la ventana, lo envolvió completamente. Maldijo por lo bajo sabiendo lo que le esperaba; seria  una larga y tediosa noche, de eso no tenia ninguna duda.
La luna, en sus eternas fases, determinaba muchas cuestiones de índole natural y cotidiana; las mareas, los momentos adecuados para comenzar una dieta eficiente, el calendario de pesca, y hasta el momento adecuado para un corte de cabello que garantizara la fortaleza del mismo al crecer nuevamente.
Se dirigió a la cocina con pasos fatigosos para preparar un café, y amenizar la espera del momento. No le gustaban los reclamos, y mucho menos si se trataban de episodios de épocas pasadas. Las invasiones a su espacio privado por parte de esos desconocidos, no le agradaban en lo mas mínimo. Era parte de una rutina contra su voluntad que se daba desde los últimos 15 años. Al principio, cuando recibió las primeras visitas, tuvo un miedo imposible de describir. Imagínense despertar en medio de una noche de luna llena, con la secuela de un mal sueño, incorporarse en la cama, y ver una figura sentada en una silla de la habitación  mirándolos fijamente a los ojos. Y eso no es nada. Llegaban a su memoria esos terroríficos instantes, de esa noche regresando a su casa, cuando fue perseguido por la dama de blanco aquejando su disipada existencia.
Ahora, sentado en el sillón de la sala con la taza humeante entre sus manos, las expectativas eran diferentes. Tenia pleno conocimiento que pronto recibiría la visita de otro de esos extraños, lo que ciertamente no sabia, era de qué extraño se trataría esa vez. Él los llamaba así, no encontraba otro término para definirlos; aunque catalogarlos de extraños no encajaba en las circunstancias, de alguna manera tenia que llamarlos. Sabía que alguien de ese selecto grupo, vendría a pedir explicaciones como en cada luna llena. Lo que encontraba difícil, era explayar  la explicación adecuada, y de algún modo ensayar una excusa o un perdón, para evitar el trago amargo que quedaba luego de cada uno de esos encuentros fortuitos.
Guardaba todo en un cajón imaginario dentro de un espacio que solo él conocía de su alma, sin poder repartir sensaciones con nadie de su limitado entorno. A cada paso que daba por el mundo que lo rodeaba, la situación se tornaba insostenible e inexplicable.
Una mujer abandonada en medio de un bosque, una niña escapando de sus miedos en un laberinto sin fin dentro de su ropero, y hasta un fantasma que rondaba una casona que alguna vez fue suya, fueron algunos personajes que reclamaban un olvido injustificado por parte de un escritor indeciso. ¿De qué manera puede una mente creativa, ubicar en la ficción a cada personaje surgido de una idea fugaz, o acaso de un sueño olvidado? Un recurso común, y muchas veces recomendado por sus pares en sus inicios literarios, en su caso traía consecuencias desastrosas. Ya no entregaba su capacidad creativa a la libre invención de personajes ficticios, hasta no asegurarse que les daría el espacio adecuado en alguna de sus historias; sabía que en caso contrario, cada luna llena le recordaría ese error.
Las tablas flojas del piso de madera de la primera planta, crujieron anticipando la llegada. Seguía sentado en el mismo sillón, ése que daba directamente a las escaleras. La figura comenzó a descender escalón por escalón, descubriendo parte de sus pies descalzos. Con cada paso que la visita daba, él iba reconociendo el personaje; su extraño de esa noche, lo dejó sin habla, incapaz de producir sonido alguno.
Hubiera preferido que el mismísimo capitán del barco fantasma que navegaba los mares oscuros, lo corriera en la habitación con la espada en la mano. Hubiese sido menos traumático, ser acechado por vampiros sedientos de sangre; esos mismos que anidaron en sus neuronas luego de una visita al zoológico  local, y que nunca vieron la luz del papel escrito. Pero no. La peor creación de su mente, se sentó en el último escalón y lo miraba sobradamente con una sonrisa cruel en el rostro cuarteado. La luz de la luna se reflejaba en el arma del siglo pasado que pasaba de una mano a otra.  Su corazón se detuvo como pidiendo una tregua ante semejante lucha de miedos donde solo había un perdedor.
El ser menos deseable, se puso de pie con decisión y enfilo hacia él disfrutando cada segundo de espanto infundado.  La peor versión ficticia de sí mismo, esa que una vez soñó para retratarlo en alguna historia, pondría punto final a esas visitas. Un espejismo real del personaje que mejor conocía, lo liberaba de tal presión, elevando su alma luego del fogonazo que se fusionó con la luz fría de la luna. Y no resultaba inverosímil, que el único ser capaz de redimirlo de sus pesadillas, era su propia persona adaptada a épocas de antaño.


 NOTA: Si desean leer más obras de El Escritor de la Tragedia copien el siguiente link y colóquenlo en la barra de su buscador.

    www.escritordelatragedia.blogspot.com


Fuente de la imagen: http://findelostiempos1320om.bligoo.com/content/view/712618/Es-la-luna-luna-nueva-y-llena.html

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