PARA ALMAS SENSIBLES
"NADA HUMANO ME ES AJENO" Publio Terencio Africano (194 a.c.-159 a.c.)

CORREO ELECTRÓNICO DE CONTACTO:

Correo electrónico de contacto: vozdevilladecura@gmail.com

LA FOTO DE LA CABECERA

La foto de la cabecera ha sido tomada de http://www.imprescindiblesdelaciencia.es/?p=8563

LO QUE NO PUBLICAMOS.

- No publicamos mensajes violentos, agresivos, difamatorios, obscenos, vulgares, de odio, amenazantes, pornográficos ni algùn otro tema que de alguna forma viole las leyes vigentes.
- No publicamos mensajes con incitación de prácticas ilegales.

PUEDES TWITTEAR DESDE AQUÍ. SÍGUENOS EN @delatierratoda

miércoles, 20 de abril de 2011

¿CÓMO DESPEDIRSE DE UN DULCE?




Por  Julio C324r
Uno nunca sabe las cosas que puede encontrarse mientras camina por la calle. A mi me gusta caminar y de paso, ver todo alrededor. Trato muchas veces de irme aprendiendo cosas en el camino que, imagino, le gustarán a mis pekes. Y es que ellos son unos grandes conversadores. La casa de la rana – me dice Valentina, mientras con cara traviesa imita los sonidos del animal en cuestión. Braulio me dice ¡Mira piqui! – cada vez que pasamos en esa esquina en la que hay publicidad el dish pegada en un teléfono público. Gozo mucho de venir enseñándoles cosas nuevas. Ya caminan muy diligentes por la banqueta sueltos de las manitas, pero eso si, siempre bajo la mirada vigilante de papá cuervo.
                          Justo iba a recogerlos a la guardería cuando, antes de llegar a la casa de la rana, a decir de Valentina, me topé a una señora joven que traía de la mano a un niño de la misma edad de Braulio y me saludó con una enorme sonrisa. Pero, lo que a mi se me quedó grabado fue el enorme puchero que traía el niño, mientras arrastraba sus pequeños pasos a la par de su mamá. Esos ojitos invadidos por la tristeza, a punto de romper en llanto, se me clavaron derechito en el corazón… Caray – pensé-.
Unos cuantos pasos tras cruzar nuestros caminos, estaba tirado en la banqueta un paquetito de obleas de dulce. Miré rápidamente al niño y si, iba volteando también, con la mirada más triste que he visto en mucho tiempo, mientras se alejaba más, dejando su tristecita untada en el paisaje de la ciudad.
Querría inventar un final épico. Decirles que levanté los dulces y corrí a dárselos, pero eso no ocurrió. Me sentí raro al notar todos mis esfuerzos por disimular la pena que se me quedó encima. En mi cabeza, un día de Febrero, se repetía una y otra vez.
                         No sé hace cuantos años pasó, pero si recuerdo que me costó mucho trabajo ahorrar lo necesario para ir corriendo a abonarle a doña Carmelita, la única vendedora de juguetes de mi pueblo, pesito sobre pesito hasta que finalmente me entregó aquel muñequito. Era un pequeño obrero de plástico, articulado, con casco y caja de herramientas. Yo quería originalmente un vaquero, pero para cuando acabé de pagarlo ya solamente estaba ese. Y lo amé como solamente un niño puede amar a una piececita de fino plástico, ¡que importa si no estaba armado!… llegué a la casa de mis tías, tejiendo las mil historias que viviría ese obrero conmigo en los amplios jardines, pero no contaba que mi hermana menor haría un escándalo por mi muñequito.
                          Mi mamá, algo apenada por los alaridos de mi hermana y mi infantil egoísmo, me dio un tremendo pellizco y sollozando, puse mi obrerito en las manos de Lupita. Acto seguido, ella caminó con todo el aplomo del mundo y lo arrojó por el hoyo de la coladera. ¡Adiós, mi pequeño secuaz! – y le lloré toda la tarde, mirando el oscuro y profundo hoyo bordeado de cruel metal irrompible. Hasta hace apenas un tiempo pude por fin perdonar a mi hermana por aquel crimen cometido contra mi imaginación.
                        El niño aquel que vi en la calle y yo no somos tan diferentes. Bastaba con prodigarnos algo de atención para evitar esa severa tristeza que nos contamina irremediablemente. Un poco de compasiva consideración – pienso. La mamá del niño no miró atrás para descubrir por que arrastraba sus pasos, negándose a dejar atrás sus dulces, y atenazándole la manita, le obligó a dejarlos ir. Mi madre no vio el cerro de hojas de pan que tuve que limpiar, las baldosas barridas a conciencia y los vidrios lavados que me costó el tener en mis manos mi juguete.
                       Que fácil sería evitar las lágrimas si nos pusieran un poquito más de atención. ¡Qué firmes y duraderos serían los amores si se dieran cuenta de lo mucho que nos está costando entregar el corazón!... Que nos quieran sin darnos crueles pellizcos, que nos dejen andar sin arrastrarnos del brazo… ¡que nos midan con justicia para descubrir si en verdad somos tan prescindibles!
                       Yo pienso. Me gustaría mucho que se le haga un justo funeral a mis amores en el momento en que vayan a parar a la coladera. Que me añoren y me deseen lo mejor aún cuando ya esté en mi hoyo forrado de frío metal y cemento armado. Solamente porque estaban muy ocupados en cualquier otra cosa y pensaron ¡Son niñerías! y con dolorosa indiferencia, siguieron tirando, arrastrando… cuando para el paladar de un niño, un dulce es el más grande amor sobre la tierra.
                       Y mientras, me veo arrodillado frente a la coladera. El luto es sano… pero preferiría evitarlo  Hoy amaneció conmigo trabajando, evocando curiosamente la mirada de ese niño, que es la mía.     Espero le compren otro dulce por la tarde. Yo, jamás volví a ahorrar para otro juguete. ¡Adiós, pequeño secuaz!


SITIO WEB DE LA IMAGEN DEL NIÑO: http://www.librodearena.com/blog/cleofoxy/311963

Más escritos de   Julio C324r en 




http://escritoresdelmundo.ning.com/profiles/blog/list?user=1ow9ouvkwvn36
NOTA: Si el link no les redirige automaticamente, copiarlo y pegarlo en la barra de búsqueda de su navegador.

No hay comentarios: