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lunes, 16 de mayo de 2011

Sayona

Por: Juan Rodríguez
 triplejuan@gmail.com
 Porlamar, Venezuela

                 Cuenta un amigo, Ángel Pérez, que un viernes de farra de 1966 a las dos am. en la línea de Antimano, esquina de Puerto Escondido, Caracas, tomó un auto manejado por un extraño hombre a quien  le decían Cruz, ya que, al ver una iglesia se persignaba seis veces de derecha a izquierda. Allí iban además cuatro misteriosas mujeres de negro. Pasaron frente a las iglesias de San Juan, Palo Grande y Antimano. En este último templo, tres cuadras antes de la parada del amigo y donde se quedaron las mujeres, atónitos vieron vagar en la soledad a una voluptuosa dama de vaporoso vestido blanco y mirada sugerente. 
Quedose Ángel al pie de una solitaria escalera y, subiendo a su casa, en lúgubre silencio se percató que bajaba la dama antes vista, escoltada por las mujeres de negro. Altas y flacas, de largas y negras mechas, huesudas manos, caras cadavéricas con ojos de víbora, flotando en el aire y acompañadas de una amarga brisa con hedor a cují que a sus trajes ondeaba, a un lado del amigo, mostrando sus frías dentaduras pasaron los horribles espantajos. 
    Esto heló a Ángel la sangre, y corriendo aterrado y tocando su puerta, sufrió tres golpes de peñones en sus espaldas, mientras que en su nuca sentía un resuello que todo su espinazo recorrió, seguido de  escalofriantes aullidos y de siniestras carcajadas de ultratumba que entre las tinieblas se alejaron. Ya en su casa, Ángel y su  madre oraron hasta el alba y, al buscar los peñones, nunca los hallaron.
¡Ave María Purísima!

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