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domingo, 6 de noviembre de 2011

TOMASITA








Por: María Teresa Fuenmayor Tovar


Cuando Alexida llegó con su familia a Varadero lo hizo destilando sudor por todos sus poros. El calor de Puerto Cabello era para ella algo nuevo. Seis años después de ese día seguía siendo para ella emocionante escuchar el silbido ronco de las sirenas de los barcos al atracar en el puerto.
Varadero era un barrio nuevo. Un espacio ganado (¿O robado?) al
mar. Simplemente habían dragado el puerto y tomado sedimentos del fondo. Acumulados en el lugar apropiado permitieron a la costa ser más ancha y pronto hubo una franja nueva de terreno, tentación irresistible para quienes –como su familia- buscaban tener –sin dinero- una casa propia.
El suelo bajo sus pies era una mezcla de arena y conchas de caracoles (enteras, partidas o pulverizadas) siendo, sin embargo y contra toda lógica, erreno fértil.
Allí “se daba” todo lo que se sembrara. En el patio trasero sembraron una mata de coco que crecía lenta pero a la vez notoriamente.  Junto a la cocina, una mata de ocumo con hojas enormes se había convertido en la admiración de los amigos –escasísimos- que los visitaban.
Las paredes estaban “tapizadas” con papeles gruesos en colores vivos y satinados. Hojas que habían repartido en el barrio los vecinos que trabajaban en el muelle como caleteros. Con sus 30 x 40 cm se habían convertido en rudimentarios sustitutos del papel tapiz y unían lo ornamental a lo utilitario ya que además de servir de ornato tapaban perfectamente las ranuras que quedaban entre
las tablas y con eso salía menos el sonido de las conversaciones.
Le hubiera encantado que no sólo le llegara del muelle el olor del salitre y el sonido del silbato de los barcos. Le hubiera encantado asomarse a la puerta y ver el mar. 
Sin embargo, asomarse era ver un largo paredón blanco de lo que parecía ser una pensión o algo así y de donde con mucha frecuencia se escuchaba una voz femenina que gritaba: “-Tomasitaaaaa…”   y alargaba la “a” final de 
manera cantarina.
 A veces se asomaba y se sentaba en una sillita al lado de la puerta para escuchar el ya familiar “- ¡Tomasitaaaaa!”
e imaginarse a Tomasita.  Por algún motivo la imaginaba pequeña, algo regordeta, de piel cobriza, ojos grandes, negros y brillantes 
cabello lacio, muy lacio.  
El nombre en sí mismo ya era atractivo. En su familia ni de loquera le hubieran puesto a una mujer Tomasa…porque Tomasa era nombre de mujer pero no de niña y mucho menos de bebé. Y como las mujeres nacían como bebés siempre se buscaba que los nombres fueran suaves: Alicia, María, Luisa…pero no Tomasa.
A una niña no se le puede decir Tomasa. Quizá el nombre se lo había puesto el papá y la mamá se lo abreviaba con el “ita” final. Tal vez era por eso que al llamarla alargaba el “ita” de su creación, como para suavizar y feminizar aún más ese nombre fuerte.
“-¡Tomasitaaaaaa!”.
Nunca escuchó a alguien responder al llamado. Jamás sintió el sonido de la voz de Tomasita. Tampoco logró percibir de detrás de ese paredón blanco alguna otra voz, sonido, ni palabra.
Cuando al pasar los años otros lugares, otros paisajes y otras personas llenaban su vida diaria y el recuerdo de Puerto Cabello se hacía cada vez más débil entre tantos detalles olvidados, la nostalgia por el sonido de los barcos al atracar y del nombre Tomasita rodeado del encanto que rodea sólo aquello que no llegamos a conocer se convirtieron en iconos representativos del Puerto.
Puerto Cabello era un sonido. O, mejor, eran dos sonidos: el “Tuuuuuuuuuuuuuu” del silbato y el cantarino “-¡Tomasitaaaaa….!”
La era tecnológica era ahora una tentación. Le provocaba difundir la historia por Twitter, Sonic, Facebook  y encontrarse de pronto con que una cara regordeta, de piel cobriza, ojos grandes, (negros y brillantes) y cabello lacio le dijera:
“-Señora…¡Soy Tomasita!”


Sitio web de la imagen: http://www.skyscrapercity.com/showthread.php?t=214782&page=15

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